El Gigante Blanco

Una nueva visión de la historia del pequeño William…

Levantas la mirada y ante ti aparecen unas palabras que te llenan de recuerdos… Barco Southern Cross. Todo se vuelve familiar, viajas al pasado. Solo tenías seis años y tus padres decidieron como tantos otros, emprender un largo viaje de Inglaterra hacia tierras australes. Los recuerdos vuelven, como las olas, van y vienen. La incertidumbre, la emoción que sentiste al subirte al gigante blanco, que a través del mar te llevaría a una vida distinta. Ese océano que te inspiraba inquietud y a la vez confianza de que algo mejor estaba por llegar, cruzando ese azul intenso. De lejos suena una canción, Surfin Safari, y puedes respirar hondo, aliviado. Hoy el mar, y ese gigante blanco que se guiaba por la Estrella del Sur, se ha transformado en un hogar de ocio y diversión, donde reina la alegría, las ganas de conocer gente, de compartir momentos preciosos y fugaces que te regalan un día de sol y cielo. Piensas que otro mundo es posible, en el que las personas ya no tengan que subirse a un barco para huir, por temor o por desesperación. Que el motivo pueda ser la libertad, la alegría de sentir todas las emociones preciosas que se esconden en el hecho de navegar, la sensación de aventura, de comerte el mundo, de que todo es posible, que la felicidad existe, te conforta.

El barco Southern Cross

Así que decides subir de nuevo al barco que lleva el nombre de tantas aventuras en tu interior, de tantos recuerdos de un niño inocente e intrépido. Cuando navegas en el barco Southern Cross te das cuenta de que el mar te regala cosas sencillas, agua, sal, azul y viento…
Ahora el motivo ya no es el mismo, quieres pasar un día agradable, con buena música y en buena compañía. En el gigante blanco, encuentras un trato exquisito y la tranquilidad de viajar para sentir el placer de oír como el agua escucha el susurro del viento y como las olas acarician tus recuerdos, mientras suena esa melodía que tanto te gusta, It’s Now or never, del Gran Elvis. Cierras los ojos, respiras la sal y te dejas llevar…

El Gigante blanco
Eila Rodrigo Lliso
(aportación desinteresada)